El hambre que te toca
viste el cuerpo soez del que te vende
y tu plato vacío es la corbata
de pura seda hambrienta de otras cosas.
Con los puños cerrados o las manos rogantes
tu dolor se hace grito que otra voz enmudece
con palabras torcidas y arreglos anodinos
en pulidos salones que tus pasos no escuchan.
Lapidan a conciencia tu esperanza
de ser tu propio Juan, el que trabaja
o las cientos de miles de Marías
de pómulos aindiados y de vientres fecundos
y sellan tu agonía impertinente
encuestando tus huesos y tus muertos
con un tanto por ciento ignominioso.
Después de condenarte por la espalda
ni una queja retumba en sus almohadas
pues tu llanto o tu furia milagrosa
no son más que virtuales calaveras
de las muertes que ya no tienen nombres.
Long- Tarde de Marzo que fenece
domingo, 23 de marzo de 2008
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